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“Ya no te espero, ya eche abajo ayer mi puerta…las ventanas bien
abiertas, al viento y al aguacero, a la sed al sol al fuego……..”
Ayer, mi mamá tenía una comida del día del profesor, así que vino a mi
casa a capear el intermedio entre el trabajo y la fiesta y aproveché para
arreglarla como muñeca, le probé mi ropa, le combiné colores, le maquillé la
cara. Así lo debe haber hecho ella cuando yo era guagua, lo se, porque yo misma
lo hacía con mis hermanos chicos, bañados, relucientes y peinados, uno los
entrega a la cotidianeidad, al colegio, a la vida y así comienza el proceso de
la esperanza, primero esperas que no se ensucien, después que entren a la U,
tengan buena vida, ganen plata, sean
sanos, vivan en un buen sistema político, económico, un medio ambiente sin
contaminación, en buenas vibras, con evolución espiritual, con la eternidad
asegurada y creo que no tiene limite….lo que uno puede esperar, no tiene limite.
Dejé a mi mama en la micro, arreglada como muñeca y eché pata a
calle Valparaíso, a comprar pan con semillas de amapola. Al doblar la
esquina, encontré a mi primo Felipe, me habló por mi nombre con las voces de
nuestra sangre en común, con acentos y tonos de todos mis parientes, con su
cara ya de hombre, que contiene la cara de mi tía Verónica, de mi abuela…me
hablo de sus trabajos, sus proyectos, su mujer, sus ganas, su fuerza de maleza
rebelde para crecer en medio de la nada….mientras me hablaba con su carita
llena de genes conocidos, se me desvencijaban las bisagras de las puertas de
adentro de uno, donde uno había encerrado las esperanzas…que bueno verlo, pero
hace mal, igual que cuando uno hace ejercicios después de mucho….y los ácidos
acumulados en los músculos reclaman con calambres la osadía del uso sin previo
aviso…así me hace esperar cosas, no me gusta. Prefiero contar con lo peor, siempre
es mas seguro.
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