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Aníbal Vilchez Lobos, no estaba muerto, andaba de parranda, como cualquier curadito del puerto, lo pilló la explosión y desapareció al bar mas cercano para pasar el susto. Bien por él y bien por los desaparecidos que aparecen en casas de parientes, por los que deambularon en estado de shock o por los que sencillamente se traspapelaron en la pelotera. Pocos muertos para tanta cagada. Pero uno solo, o dos o tres, dejan huella imborrable en sus familias, o tan solo en los que los conocieron a la pasada, como el lustrabotas que dormía en el ejército de salvación. Lo extrañarán sus compañeros torrantes y sus cutodios nocturnos, esos canutos raros que con uniforme de milico de suriname recorren las calles repartiendo cafecito a los alcoholicos inpenitentes. A estas horas probablemente ya hayan perdido todas las esperanzas los parientes de Ivón, la mujer trabajadora del comercio PYT, de larga data en el puerto, quien empezó de jovencita a trabajar. No tengo mas que decir. Sólo el pésame para sus familiares, para sus patrones, quienes perdieron todo su capital material, y tal vez lo mejor de su capital humano.
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